La postal.

Por fin has llegado a casa, a tu hogar, has tardado catorce días y vienes en un pésimo estado, pero ya estás aquí.

Te hemos recibido con sorpresa y alegría, aunque al ver las dobleces y las arrugas intuimos lo mucho que has sufrido.

Me has emocionado. Yo también llegué, una vez, a casa llena de cicatrices y heridas, en un viaje que suponía la pérdida de un padre. Hoy me he sentido hermana tuya, porque sé que tú has perdido una madre.

El viaje, aunque desgarrador,  implicó movimiento y al hacerlo evité que las emociones formasen un poso al final de mi corazón. El dolor se quedó allí mucho tiempo, pero estaba vivo y gracias a ello lo pude depurar y transformar en algo hermoso que ahora me acaricia y me acompaña.

Te deseo lo mismo querida amiga, una parte de tu pena ya está aquí con nosotros y la cuidaremos dándole el lugar que se merece. El resto te pertenece y sé que será tu fuerza y compañía en el futuro.

Ensemble au loin.

El ruido

No somos conscientes del ruido al que estamos sometidos.

Creemos que ruido es aquello que oímos y nos molesta.

Yo creo que ruido es todo aquello que comparte tu vida impidiendo que las cosas fluyan. Incluye personas, hábitos, ideas obsoletas, ropa amontonada, tareas por hacer, objetos que acumulan polvo, archivos repletos de información inútil.

Una de las tareas más titánicas y enriquecedoras es detectar el ruido y decidir qué hacer con él.

Una vez, oí la historia de una chica que estaba obesa porque no quería sentir. La grasa, los pliegues de su piel, la convertían en algo mullido que acallaba sus emociones.

Creo que el ruido cumple la misma función. Nos dejamos envolver en el arrullo de ese sonido de fondo, como el que hacían las televisiones al quedarse sin programación.

Pasan los dias y te dejas llevar, no decides, no intervienes.

Y no eres consciente, porque estás ocupada, porque no tienes tiempo, porque todo te reclama.

Pero un día abres los ojos.

Miras y ves.

Y el arrullo ya no es suave, ahora es ensordecedor, no lo soportas.

Paras y buscas, te sorprende, estás rodeada.

Traza una línea, un punto de partida y deja que el ruido se haga sonido, escucha y conviértelo en música.

Domingo.

Me siento como en una primera cita, con ganas de hablar pero con temor de que la conversación no interese.

Poco a poco he  ido escribiendo menos, sin ningún motivo especial. La ausencia de rutinas, el tiempo libre compartido en familia, la necesidad de intimidad y las dudas de cómo afrontar el blog han ido bajando el ritmo de las publicaciones.

La necesidad de escribir estaba, aunque ha quedado sumida en el vaivén del verano.

Pero poco a poco ha llegado septiembre. No es un mes que empiece el día uno, es un mes que comienza cuando la rutina se asienta. Y para ello, ha necesitado viente días y algo de lluvia.

Y con él ha llegado el Domingo.

Ése en el que te despiertas sin prisas, arropada y escuchando las tranquilas respiraciones de los que amas. Ése que amanece envuelto en silencio. El que parece que ha detenido el mundo. Y te debates entre arroparte aún más o aprovechar para escribir unas líneas.

Ése en el que agradeces todo lo que te rodea. Y rezas para que todo siga cambiando para permanecer como está.

Y con la misma calma que ha entrado septiembre vuelvo al blog.

Os deseo un  muy feliz día.

 

 

Las palabras efímeras.

El otro día estaba en el sofá y recibí un hermoso mensaje de texto de una amiga. Al leerlo me emocioné. Primero porque me sorprendió y luego por su contenido.

Entonces, me di cuenta de que varias veces había tenido esa misma sensación de emoción, de sorpresa y me produjo un sentimiento de pérdida, porque aunque recordaba la sensación había perdido las palabras.

Esta vez hice una captura de pantalla. Y me apresuré a buscar en el móvil aquellas palabras que me habían emocionado y que estaban condenadas a olvidarse, a borrarse.

No hay nada más hermoso que recibir un pensamiento, unas líneas de otra persona. De sentir que piensan en ti. Que te han dedicado parte de su tiempo y de sus energías en demostrártelo.

Pero, en esta realidad efímera en la que vivimos, el soporte en el que nos expresamos hace desaparecer estos recuerdos. Hoy se vive a contrarreloj, nada dura, hay un vorágine de información que nos mantiene alejados del presente.

Existimos con una sensación de irrealidad, nos alejamos del aquí y ahora a pasos agigantados. Nos condenamos a una pérdida de conciencia.

O no.

Yo elijo mantener mis “lugares comunes” en el presente y poder guardarlos.

Quién sabe si algún día voy a necesitarlos.