Uno: Un lugar donde reconciliarte con tu alma.

Encuentra un lugar que haga que conectes contigo misma. Con el universo. Dónde el tiempo se pare y no sientas, ni tu edad, ni tu físico, ni lo que pasa en tu vida en ese momento. Un lugar en el que cuando llegues, sientas que todo deja de importar y estás realmente en el sitio que quieres estar.

Para mí ese lugar llegó sin premeditar. Al principio, sólo lo valoraba por ser el sitio dónde disfrutaba de la naturaleza en estado puro. Con el tiempo, se convirtió en un lugar, en el que siempre había sido feliz. Un rincón del mundo, de dónde sólo guardaba buenos recuerdos. Al que iba feliz y del que salía feliz. Con los años he estado largas temporadas sin ir, pero al volver siempre sentía lo mismo. Todo se detiene, nada importa, es como si al bajar del coche lo dejases todo en él. Y nada hubiese cambiado.

Pero este año, he descubierto en mi lugar algo más. Que es capaz de curarme el alma.

La primera vez, porque acogió algo de lo que necesitaba desprenderme.

Y la última vez, porque cuando fui no estaba feliz, llevaba una gran tristeza conmigo, pero allí me sentí acunada, arropada, cómo por un bálsamo que me alivió la mayor parte de mi dolor. Sentí la conexión con mi alma y el alivio. Pude poner un punto de inflexión para seguir desde otra perspectiva.

Por eso te deseo que encuentres el tuyo.

El legado a mi hija.

Me gustaría escribir una serie de entradas que, en conjunto, supusiesen un legado a mi hija.

Pensamientos, emociones, historias, lugares, sensaciones… cosas, que quisiera trasmitirle como importantes para mí y que a lo mejor a ella le sirven en su vida.

Tengo una idea global de lo que quiero hacer, pero, también, tengo la sensación, de que en la medida que vaya escribiéndolas, se forjará la forma de lo que quiero trasmitirle.

El principio del todo

Su llegada me removió en lo más hondo. Nunca imaginé que tenerla me supusiese replantearme toda yo. Hizo tambalear los cimientos de mi ser.

Vino llamando la atención, sin pasar un minuto desapercibida, no dejándome un segundo para mí o para descansar.

Ni un minuto de silencio. Ni un día de descanso.

Hasta que un día se hizo el silencio, paró de llorar.

Y con el silencio, llegó el tiempo y con el tiempo, llegó el espacio personal y con el espacio personal, llegaron las preguntas, los anhelos y las contradicciones.

Algo no encajaba, sentía que lo preestablecido, lo preconcebido, lo aprendido no me iba a servir con ella.

Ni tampoco servía para mí.