Seis: En el País de las Maravillas.

“-Conejo, ¿Cuánto es para siempre?”

“- A veces, sólo un segundo, Alicia”

Vivimos en un espacio y en un tiempo. Pero el tiempo, o mejor dicho cómo percibimos su paso, no es constante y cambia.
Una experiencia traumática de un segundo nos puede durar para siempre. E incluso puede borrar diez años de tranquila felicidad. Según gestionemos nuestras emociones podemos alargar o acortar nuestras vivencias en el tiempo. El mantra sería estar aquí y ahora. Vivir el momento en el que estás en el lugar que te encuentras. Nuestra mente tiene la tendencia de ir al futuro o al pasado.  Pero lo que sí es cierto, una vez más, es que nosotros elegimos, cómo vivir la vida y cómo procesar lo que nos sucede.

Una de las ideas, que más me funciona en mi día a día, es que siempre se puede volver a empezar. Cada día, cada hora , cuando tú decidas. Con eso da igual de dónde vengamos, qué es lo que hayamos hecho o dejado de hacer, podemos volver a empezar. Así no hay excusas, pero sí  la ventaja de que ya no partes de la salida, lo recorrido te sirve.
Y con volver a empezar, también me refiero a retomar, rehacer, dar otra oportunidad. Si algo no te convence, si crees que puedes mejorarlo, si te apetece retomar algo que quedó perdido en un tiempo, puedes. No tengas prejuicios a la hora de volver a atrás. No es un retraso, no es negativo, no es una limitación. A veces hay que volver atrás para salir reforzado o para terminar algo, a veces, sólo para mejorarlo o ponerlo en sintonía con nuestro presente. Escúchate, no construyas muros en tu interior.
Has nacido libre.
Siéntete SIEMPRE así.

Cinco: Los cuentos de hadas no siempre lo parecen.

El parto fue el día más duro de mi vida. Me había pasado nueve meses pensando que te quería sólo para mí. Así que, a la hora de la verdad, tú no querías nacer. Por más que lo intenté, por más que empujé, tú no querías salir. Cada centímetro que ganaba yo, tú retrocedías,  y así pasamos muchísimas horas. Fue tal el dolor, que los últimos momentos del parto y los primeros tuyos de vida, los recuerdo en una nebulosa. Así que, cuando te vi por primera vez, me sentía como en una nube post-traumática y no sentí nada. Ni en ese momento, ni en toda la primera noche. Me recuerdo despierta, sintiendo pena de mí misma, por la inmensidad del dolor que acababa de vivir.  Y a las treinta horas de nacer empezaste a llorar y no paraste, horas y horas, cada día, hasta justo una semana antes de cumplir los tres meses.

No entraré en detalles, de cómo transcurrían aquellos días, pero, hoy por hoy, desde la distancia, entiendo que sí te quería, porque nunca dejé de atenderte, no me separé de ti y nunca te hice daño. Pero, a la única persona, a la que le podía hablar de mis verdaderos sentimientos, esos días le llegué a confesar que te odiaba. Y ello, me producía un gran dolor y un gran sentimiento de culpa. Me sentía diferente de todas las madres que tenía alrededor. Con el tiempo, ya no me juzgo, es más me defiendo y me comprendo. Incluso me aplaudo. Que gran madre era en la situación que nos había tocado. Ojalá me hubiese dado cuenta en ese momento, no habría sido tan dura conmigo misma. Y habría llevado con más orgullo mi situación.

Aunque, en aquellos momentos, sentía la presión de todas aquellas madres a mi alrededor, que sólo hablaban de lo bien que dormían sus hijos, de lo poco que lloraba, de lo sociables que eran… Y en muchos casos era verdad, pero en muchos otros no. Hay cosas que no se dicen, no se cuenta, porque parece que queremos menos a nuestros hijos, o que llevamos una vida infeliz. Cuando lo importante no es qué dices de cara a la galería. ¡Que más da!  al final cada uno tiene que criar a su hijo y que vivir su vida. Si en vez de competir por el bebé ideal, compartiésemos nuestra experiencia real, sería mucho más enriquecedor y constructivo.

Cada vez, estoy más dispuesta a contar mi experiencia tal cual fue, porque de ella sólo he sacado cosas buenas. Y ante las miradas censuradoras, cada vez encuentro más proximidad a experiencias como la mía. Que pese a las dificultades, no han hecho más que aportarnos un enorme crecimiento personal. Y que pese a tener momentos verdaderamente complicados son auténticos cuentos de hadas.

Vive tu historia, sé honesta y siéntete orgullosa, por cuando lo has hecho bien y por cuando crees que no, pero te ha servido para aprender y para ser mejor.

Tú escribes tu cuento de hadas.

Cuatro: Sé auténtica

” De serie” venimos auténticos, o eso es lo que me parece, cuando te observo. Gracias a ti, paso más tiempo con niños,  cuando te veo, a ti y a ellos, os veo puros, únicos y con una personalidad definida. Puede ser, que a medida que pase el tiempo, por influencias, por querer gustar, por adaptarnos o por falta de auto-dedicación, perdamos un poco de esa autenticidad.

Una persona, muy importante en mi vida, me habló de la alineación. Ser, pensar y hacer lo mismo. Creo, que es la base de la autenticidad y parte del camino a la plenitud y a la felicidad.

Lo que requiere es tiempo. El que debes dedicarte, para  conocerte y para saber cómo quieres vivir tu vida. Que te aceptes tal cual eres. Hace que todo sea fácil y fluya. Así vives la vida cómodamente.

También te requiere ser valiente. No hay excusas. Te reconoces cómo la persona que gobierna en su vida y que vive como quiere vivir. Te da consciencia sobre ti misma y los que te rodean. Y la confianza, de que tendrás aquello que desees y que tienes aquello que mereces.  Aprenderás a sacar provecho de las vivencias negativas y a apreciar tu camino, en el que estás y el que proyectas.

Contigo, he entendido, la maternidad.

Una forma de ser madre, de la que nadie me había hablado. Más sencilla. Mi labor es acompañarte y respetarte.

Ya naciste como debes de ser.

Tres: Cuida lo que envuelve tu esencia.

Los padres, justo desde el momento en el que conocemos la existencia de nuestro bebé, antes de que nazca, ya desde la barriga, nos obsesionamos con la idea de que no le pase nada, ni por fuera, ni por dentro. Que la embarazada no se caiga, no se de ningún golpe, ningún susto, menos un disgusto. Que se cuide, que coma bien, que se haga todas las pruebas médicas. Todo lo posible, lo que está en nuestras manos, para salvaguardar la esencia de nuestro bebé. Que nazca sano física y mentalmente.

Una vez fuera, que te voy a contar. Todo el cuidado, la atención y el amor del mundo para protegerlo. Para que crezca sano, para que no se hiera, no sufra. Todas las revisiones, las vacunas, los remedios para que no enferme.

Es una responsabilidad, que tenemos, para con la vida que hemos creado. Pero, no es una responsabilidad perpetua. Debo cumplirla en la medida que me toca como madre, porque, lo que me gustaría dejarte en estas letras, es la idea, de que tu máxima responsabilidad en la vida, es cuidarte, física y mentalmente. Tienes un envoltorio único, que depende de ti y te condicionará, de una manera u otra, dependiendo de cómo lo cuides y de en qué estado se encuentre.

Cuídate, lleva una vida sana, cultiva tu mente, haz cosas que te nutran, rodéate de gente que valga la pena. Y sobretodo, en tus primeros pasos en la vida, cuando salgas de la protección de tus padres, vela por ti misma y por tus intereses. Toma  elecciones sanas. No me preocupa que te equivoques, ni que sufras o verte triste o enferma. Me preocupa algo más allá, que te pongas en peligro. Habrá momentos en la vida, en los que tendrás que tomar decisiones, de lo que quieres probar, con quién y cuánto. Y el dilema es la medida. Cuánto hay que vivir o no de una experiencia. Tienes que vivir y espero que lo hagas. Así que, no quiero que te cierres al mundo, ni lo que te ofrece. Sólo ten en cuenta mis palabras, cuídate, vive y mima tu esencia. Sé responsable de ti.
Creo que, es necesario, que te deje escrito, lo valiosa que eres para nosotros. Te hemos concebido con todo el amor del mundo. Pero sobretodo, eres lo más valioso para ti misma.

Te necesitas para vivir la vida.

Dos: Vive la Vida

Así de sencillo y así de complejo.

Seguro, que este tendría que haber sido el legado número uno, pero no están en orden.

El orden de las cosas, depende del momento, en el que las estés viviendo. Así que, te escribo en base a mi momento. Tú decidirás, que te sirve, qué no y cuándo. Es algo que a mi me ha costado comprender. No hace falta tomarlo todo, ni de las personas, ni de las situaciones, ni de las emociones, en realidad de nada. Puedes elegir tomar sólo la parte que te llena, la que te sirve para aprender, la que te hace feliz, la que te complementa, la que necesitas. No es cierto que tengas que quedarte con todo siempre.

Pero sí hay una cosa que te pido. No te quedes en la superficie, vive, siente, emociónate hasta los huesos.  Pero no retengas, fluye, evoluciona, crece con el flujo de la vida y sus circunstancias.

La vida, es lo más hermoso que te va a pasar y lo que te acompañará siempre. Uno no está solo si está vivo. Es algo a lo que te puedes abrazar, aferrar en los momentos que lo necesites.

Te deseo, algo así como, lo que he leído en ocasiones de “vivir despeinada”. Y es que, todo lo que te hace sentir viva, disfrutar de la vida despeina. Te podría hacer una lista, pero es mejor que tengas la tuya propia. Te puedo ayudar diciéndote lo que para ti, con tus tres años, te hace vivir despeinada.

  • Dar saltos con Papá.
  • Hacerte selfies con Mamá en la cama.
  • Jugar y jugar y jugar.
  • Tirarte por el suelo.
  • Hacer de princesa de hielo en la piscina, para lo que indudablemente se necesita el pelo suelto.
  • Dormir.
  • Y lo mejor, ir despeinada porque sí, porque no necesitas nada superfluo para sentirte bien, porque eres feliz tal cual eres.

Guarda un poco de ese espíritu, de niña de tres años, siempre. Conserva y cuida a tu niña interior. Cuando se es adulto, no se debe abandonar al niño. Y siéntete viva, porque es un privilegio. Y piensa, qué es lo que te hace sentir viva, para no dejar de hacerlo.