El café de Noviembre

Perdí el hilo, la conexión y se produjo el bloqueo.

Es el resumen de este mes.

Me asaltaron las dudas, la autoexigencia, la crítica y la inseguridad.

De repente, empecé a cuestionarlo todo y en vez de crecer con las respuestas me volví pequeñita, pues no había respuestas.

El diálogo interior se volvió en mi contra.

Las preguntas eran excesivas, el lenguaje destructivo y la comprensión se fue de vacaciones.

Todo ello un cóctel que aniquiló el hilo.

Pero crecí rodeada de agujas, telas, tijeras y por supuesto hilos. Naturales, sintéticos, flexibles, resistentes, gruesos y finos.

Y del tipo más especial del invisible, el que te une y unes a lo que más quieres, el que forja tu camino.

Y sé coserlo.

Vínculo.

«Unión o relación no material, especialmente la que se establece entre dos personas»

….Entonces, para lo nuestro, hay que inventar una palabra nueva.

Hoy hace cinco años que llegaste a mi vida.

No cambiaste mi vida.

Simplemente.

Hay un antes y un después.

Existe mi vida antes de ti y mi vida contigo.

Todo es diferente.

Yo.

Mi mente.

Mi cuerpo.

Mis creencias.

Mi filosofía de vida.

Mi relación con los demás.

Mi forma de ver el mundo.

Mis prioridades.

Mi familia.

Contigo se produjo un milagro, algo a lo que estamos tan acostumbrados que hemos dejado de darle el valor que se merece. Tu padre y yo juntos te creamos. Hicimos algo que nos unirá para siempre. Creamos un vínculo indestructible.

Fuimos dos para ser tres.

Y contigo nuestra vida ha entrado en otra dimensión. Una en la que existe la magia, en la que cada día se aprende algo nuevo, en la que sólo con imaginarlo es posible. Una en la que vale la pena vivir.

Feliz cumpleaños.

 

 

 

 

El café de octubre.

A veces, imagino mi vida como los anillos en el tronco de un árbol. Círculos de tiempo cíclicos. Todo se repite, todo cambia.

Septiembre ha sido largo y lleno de contrastes. Empezó en verano y ha acabado en otoño. Llegó con vacaciones, playa y tiempo libre y se ha asentado en la rutina, el colegio y los atascos. Amanecíamos de día y ahora lo hacemos de noche.

Una lenta transición.

A nivel personal, un mes de toma de decisiones, de abrir los ojos a mi entorno.

He tenido que parar, tomarme en serio mi cuerpo y dejar de forzarlo en una batalla sin sentido.

He limpiado mi hogar de una carga tremendamente tóxica.

He dudado, mucho.

Mucho.

Hasta que me he dado cuenta de lo innecesaria que era mi duda.

Y he pasado a la acción. A poner en marcha de nuevo proyectos, de los que no veo el final, ni en muchos casos el objetivo, pero con los que disfruto el camino.

Os deseo un gran otoño.

 

Domingo.

Me siento como en una primera cita, con ganas de hablar pero con temor de que la conversación no interese.

Poco a poco he  ido escribiendo menos, sin ningún motivo especial. La ausencia de rutinas, el tiempo libre compartido en familia, la necesidad de intimidad y las dudas de cómo afrontar el blog han ido bajando el ritmo de las publicaciones.

La necesidad de escribir estaba, aunque ha quedado sumida en el vaivén del verano.

Pero poco a poco ha llegado septiembre. No es un mes que empiece el día uno, es un mes que comienza cuando la rutina se asienta. Y para ello, ha necesitado viente días y algo de lluvia.

Y con él ha llegado el Domingo.

Ése en el que te despiertas sin prisas, arropada y escuchando las tranquilas respiraciones de los que amas. Ése que amanece envuelto en silencio. El que parece que ha detenido el mundo. Y te debates entre arroparte aún más o aprovechar para escribir unas líneas.

Ése en el que agradeces todo lo que te rodea. Y rezas para que todo siga cambiando para permanecer como está.

Y con la misma calma que ha entrado septiembre vuelvo al blog.

Os deseo un  muy feliz día.

 

 

El café de Septiembre

Otra vez aquí.

No me gusta escribir valoraciones, como es el café del mes, en momentos personales en los que mis emociones están en modo montaña rusa.

Si escribo desde el momento actual, estoy muy alejada de lo que ha sido este mes, si no lo hago siento que falseo la realidad.

Que dilema.

Pero, sí que hay una cosa que tengo grabada a fuego de este agosto es el tiempo que he compartido con mi hija y lo importante que es mi marido en mi vida. Ella es nuestra luz, la alegría, la espontaneidad, la felicidad de algo nuevo cada día. Él es mi refugio, el complemento, la serenidad y el sentido.

Ahora estoy lejos y llevo tres días añorando verlos de nuevo. Haber estado tanto tiempo juntos, sin prisas, viviendo lo cotidiano como algo especial me ha debilitado para estar sola.

Hemos normalizado el hecho de que los miembros de una familia no compartan tiempo juntos. Si hago un análisis del tiempo que comparto con mi familia, cuando estamos en época escolar, me da unas tres o cuatro horas de media, en las que hay que llevar a cabo rutinas y obligaciones que dejan poco espacio a nada más.

Esto es lo que me pesa ahora mismo. En una semana volvemos a la rutina. Cuando llegué el momento lo haré ilusionada y buscaré la mejor manera de disfrutar de los míos. Pero hoy estoy tristona y no me interesa dar otra imagen, ni hacer otra lectura de este momento. Estoy triste y me lo voy a permitir. En dos horas, en cuanto baje del avión seguro que esta sensación se esfuma.

Pero ahora es lo que hay.