Ocho: Si uno te empuja ganas velocidad.

Esta afirmación fue como una revelación. La escuché relacionada con el deporte. Pone de manifiesto, que aunque uno te quiera detener o entorpecer, puedes usar su fuerza en tu beneficio. Brutal.

Con el deporte se hace algo más que ejercitar los músculos. Es una forma de vida, una filosofía. No soy la persona más deportista del mundo. Aún no sé, ni siquiera, si he encontrado algún deporte que me apasione de verdad. Pero siempre hago algo. Nunca dejo el deporte de lado. Primero porque creo que si lo dejo ya no lo volveré a coger. Y segundo porque soy consciente de todos sus beneficios.

Tú te crees que Mamá gana carreras cada vez que sale a entrenar. Nunca olvidaré, tu cara de admiración, en la meta de mi primera carrera. Estabas convencida de que había ganado. Realmente segura, a pesar de que habían pasado más de novecientas personas por la meta antes que yo.

La vida, si tienes suerte, es una carrera muy larga. Durante la que pasan muchas cosas y en la que no siempre tienes las mismas fuerzas. Hay épocas o momentos verdaderamente duros o difíciles. Que, aunque te sirvan para madurar, evolucionar o crecer, hay que pasar. Y también hay personas que te van a complicar ese camino. Va a depender de ti cómo vas a encajar todo eso.

Lleva el ritmo, dosifícate. Hay momentos que sola correrás mejor y otros que la fuerza del grupo te ayuda a seguir o a llevar una velocidad que no es la tuya natural. Pero piensa y planifícate. Si lo das todo de entrada no te quedará nada para el final. Y a veces andar unos pasos te da las fuerzas para seguir corriendo. Aunque en la carrera haya más gente, la haces tú sola. Así tú decides quién te acompaña. Y, lo más importante, qué te va a afectar de los demás. Aprovecha los empujones para acelerar.

Es tu carrera, tu vida.

Siete: Cuando el vaso lleno no es una visión optimista.

Cuando comencé a escribir el legado, dije que tenía una idea global, pero sentía que se iría forjando a medida de que fuese escribiendo y pasando el tiempo. Y así es, cada semana me ha llevado de forma natural a la siguiente idea, ha dado forma y orden a mis palabras.

Hoy, me siento a escribir, aprovechando un estado muy habitual en mí. Tengo el vaso lleno, pero no con una visión optimista del vaso. Es más bien la sensación, de que si me cae una gota más el vaso va a estallar. Ya no me preocupa, sé porqué me pasa, nací sin asertividad. Algo que me ha costado muchísimo identificar y definir.

Una persona asertiva es capaz de comunicarse con madurez, dice lo que piensa sin agredir a su interlocutor y sin quedar sometido a su voluntad. Es decir, no se traga todo lo que piensa, o dice amén a todo. Hasta hace un tiempo me era más fácil tragar que hablar. Eso sí, cuando me decidía a hablar, al haber estado guardándome las palabras salían de la peor manera posible. Lo cual, después, me dejaba una tremenda sensación de culpabilidad. Y así vas sobreviviendo acumulando palabras, emociones… hasta que las sientes cómo una sombra sobre ti que te impide fluir libremente.

En mi caso, llené tanto el vaso que tuve que pedir ayuda, lo cual es un síntoma de fuerza bien entendida. No se es fuerte por ser capaz de aguantarlo todo. Se es, por la capacidad de decidir cómo vivir la vida. A veces de frente, asumiéndolo todo, otras pidiendo ayuda y otras dejando las cosas pasar.

Así que, te invito a que, cuando se te llene el vaso rebose lo mejor de ti misma.

Seis: En el País de las Maravillas.

«-Conejo, ¿Cuánto es para siempre?»

«- A veces, sólo un segundo, Alicia»

Vivimos en un espacio y en un tiempo. Pero el tiempo, o mejor dicho cómo percibimos su paso, no es constante y cambia.
Una experiencia traumática de un segundo nos puede durar para siempre. E incluso puede borrar diez años de tranquila felicidad. Según gestionemos nuestras emociones podemos alargar o acortar nuestras vivencias en el tiempo. El mantra sería estar aquí y ahora. Vivir el momento en el que estás en el lugar que te encuentras. Nuestra mente tiene la tendencia de ir al futuro o al pasado.  Pero lo que sí es cierto, una vez más, es que nosotros elegimos, cómo vivir la vida y cómo procesar lo que nos sucede.

Una de las ideas, que más me funciona en mi día a día, es que siempre se puede volver a empezar. Cada día, cada hora , cuando tú decidas. Con eso da igual de dónde vengamos, qué es lo que hayamos hecho o dejado de hacer, podemos volver a empezar. Así no hay excusas, pero sí  la ventaja de que ya no partes de la salida, lo recorrido te sirve.
Y con volver a empezar, también me refiero a retomar, rehacer, dar otra oportunidad. Si algo no te convence, si crees que puedes mejorarlo, si te apetece retomar algo que quedó perdido en un tiempo, puedes. No tengas prejuicios a la hora de volver a atrás. No es un retraso, no es negativo, no es una limitación. A veces hay que volver atrás para salir reforzado o para terminar algo, a veces, sólo para mejorarlo o ponerlo en sintonía con nuestro presente. Escúchate, no construyas muros en tu interior.
Has nacido libre.
Siéntete SIEMPRE así.

Cinco: Los cuentos de hadas no siempre lo parecen.

El parto fue el día más duro de mi vida. Me había pasado nueve meses pensando que te quería sólo para mí. Así que, a la hora de la verdad, tú no querías nacer. Por más que lo intenté, por más que empujé, tú no querías salir. Cada centímetro que ganaba yo, tú retrocedías,  y así pasamos muchísimas horas. Fue tal el dolor, que los últimos momentos del parto y los primeros tuyos de vida, los recuerdo en una nebulosa. Así que, cuando te vi por primera vez, me sentía como en una nube post-traumática y no sentí nada. Ni en ese momento, ni en toda la primera noche. Me recuerdo despierta, sintiendo pena de mí misma, por la inmensidad del dolor que acababa de vivir.  Y a las treinta horas de nacer empezaste a llorar y no paraste, horas y horas, cada día, hasta justo una semana antes de cumplir los tres meses.

No entraré en detalles, de cómo transcurrían aquellos días, pero, hoy por hoy, desde la distancia, entiendo que sí te quería, porque nunca dejé de atenderte, no me separé de ti y nunca te hice daño. Pero, a la única persona, a la que le podía hablar de mis verdaderos sentimientos, esos días le llegué a confesar que te odiaba. Y ello, me producía un gran dolor y un gran sentimiento de culpa. Me sentía diferente de todas las madres que tenía alrededor. Con el tiempo, ya no me juzgo, es más me defiendo y me comprendo. Incluso me aplaudo. Que gran madre era en la situación que nos había tocado. Ojalá me hubiese dado cuenta en ese momento, no habría sido tan dura conmigo misma. Y habría llevado con más orgullo mi situación.

Aunque, en aquellos momentos, sentía la presión de todas aquellas madres a mi alrededor, que sólo hablaban de lo bien que dormían sus hijos, de lo poco que lloraba, de lo sociables que eran… Y en muchos casos era verdad, pero en muchos otros no. Hay cosas que no se dicen, no se cuenta, porque parece que queremos menos a nuestros hijos, o que llevamos una vida infeliz. Cuando lo importante no es qué dices de cara a la galería. ¡Que más da!  al final cada uno tiene que criar a su hijo y que vivir su vida. Si en vez de competir por el bebé ideal, compartiésemos nuestra experiencia real, sería mucho más enriquecedor y constructivo.

Cada vez, estoy más dispuesta a contar mi experiencia tal cual fue, porque de ella sólo he sacado cosas buenas. Y ante las miradas censuradoras, cada vez encuentro más proximidad a experiencias como la mía. Que pese a las dificultades, no han hecho más que aportarnos un enorme crecimiento personal. Y que pese a tener momentos verdaderamente complicados son auténticos cuentos de hadas.

Vive tu historia, sé honesta y siéntete orgullosa, por cuando lo has hecho bien y por cuando crees que no, pero te ha servido para aprender y para ser mejor.

Tú escribes tu cuento de hadas.

Cuatro: Sé auténtica

» De serie» venimos auténticos, o eso es lo que me parece, cuando te observo. Gracias a ti, paso más tiempo con niños,  cuando te veo, a ti y a ellos, os veo puros, únicos y con una personalidad definida. Puede ser, que a medida que pase el tiempo, por influencias, por querer gustar, por adaptarnos o por falta de auto-dedicación, perdamos un poco de esa autenticidad.

Una persona, muy importante en mi vida, me habló de la alineación. Ser, pensar y hacer lo mismo. Creo, que es la base de la autenticidad y parte del camino a la plenitud y a la felicidad.

Lo que requiere es tiempo. El que debes dedicarte, para  conocerte y para saber cómo quieres vivir tu vida. Que te aceptes tal cual eres. Hace que todo sea fácil y fluya. Así vives la vida cómodamente.

También te requiere ser valiente. No hay excusas. Te reconoces cómo la persona que gobierna en su vida y que vive como quiere vivir. Te da consciencia sobre ti misma y los que te rodean. Y la confianza, de que tendrás aquello que desees y que tienes aquello que mereces.  Aprenderás a sacar provecho de las vivencias negativas y a apreciar tu camino, en el que estás y el que proyectas.

Contigo, he entendido, la maternidad.

Una forma de ser madre, de la que nadie me había hablado. Más sencilla. Mi labor es acompañarte y respetarte.

Ya naciste como debes de ser.